Prólogo
Londres y niebla son dos conceptos que no eran desconocidos el uno del otro. Era común, sobre todo en las mañanas y las noches más frías, que el colosal manto de humedad cubriera las calles y las bañase de un rocío siniestro y escalofriante. Para John Campbell, hijo del actual alcalde londinense y futuro aspirante a ocupar el puesto, era bastante placentero, incluso. Le gustaba deambular por las calles sombrías de su ciudad natal observándolo todo bajo el manto blanco de la niebla mientras ésta ocultaba con sus brazos mortecinos la decadencia de los lugares más oscuros del lugar, así como en ocasiones hasta enmascaraba el hedor de podredumbre, orina y deposiciones que llegaban a destrozar las esquinas más aquejadas por los pobres y enfermos.
Sin embargo aquella noche era diferente. Arreciaba una temible tormenta y llovía con una fuerza que pocas veces había podido presenciar. Él estaba nervioso y debía salir del hogar a ocuparse de un asunto de vital importancia mientras que su prometida se preparaba para volver a su propio hogar después de haber pasado un largo y tedioso día, al menos para John, hablando de preparativos de boda para el mes siguiente.
-Ya estoy lista- dijo la chica, ajustándose el abrigo. Lo encontró asomado a la ventana de la habitación, con una copa de whiskey en la mano ¿Desde cuando bebía John whiskey de noche y en soledad? Además, la mano parecía temblarle ligeramente.
-De acuerdo, querida- asintió sin mirarla, de espaldas a ella -Diré a Fred que te lleve en seguida-
-¿No... me llevas?- se extrañó la chica.
-Me temo que tengo cosas que hacer- la miró con una sonrisa apagada. Pretendía fingir pena, pero que tuviese la frente ligeramente húmeda de sudor en aquella noche tan fría no presagiaba nada bueno.
-¿A estas horas? John... está cayendo el diluvio- se acercó la chica a su prometido -¿Estás bien?- le acarició el brazo. Lo tenía rígido, tenso.
-Perfectamente- mintió dando un trago y apartando los ojos de los de su futura mujer. Ella siguió su mirada y de nuevo, se encontró con la ventana. Era casi mágico que pese a la enorme tormenta, la niebla de aquella noche no se disipaba. Parecía cosa de brujería.
-No me mientes ¿verdad?- quiso saber ella.
-¿Yo cuando miento?- trató de restarle importancia John.
-Constantemente- suspiró ella -Eres político-
-No me vengas con esas- con un leve gesto de indiferencia, apartó el brazo de la mano de la chica -Vamos, se te hará muy tarde- Irene, la chica, asintió sabiendo que poco o nada más podía hacer para sonsacarle lo que fuera que le preocupaba, de modo que empezó a caminar hacia la puerta, seguida de John, para buscar a Fred, el hombre del servicio -Espera- pero entonces, interrumpió el propio John. Irene se giró para ver al hombre abriendo un cajón en la cómoda y extrayendo de ella un bulto envuelto en un trapo bastante viejo y poco llamativo, algo extraño en él, pues era bastante adinerado y opulento en ocasiones -Ten. Y no quiero que hagas preguntas-
-¿Qué es?-
-¿Qué te acabo de decir? Sin preguntas- John pretendía que lo guardara en el bolso, pero ella hizo caso omiso y destapó el bulto para encontrar un revólver de cañón corto refugiado en el trapo
-¡Por el amor de...!- John se apresuró a cerrarle la boca de forma brusca, tapándosela con la mano y oprimiéndola contra la pared. Por un instante la miró como un vagabundo borracho y desquiciado, con los ojos casi salidos de las cuencas.
-¡Cállate, mujer!- ordenó en baja voz -Ni se te ocurra hacer un comentario ¿Estamos?- durante un instante Irene no supo cómo reaccionar, pero viendo que ella estaba en sus cabales y él no, decidió asentir. Al hacerlo, John la soltó -Lo... lo siento- se llevó la mano a los cabellos y se los peinó hacia atrás.
-¿Qué ocurre? ¿Qué me estás ocultando? ¿Para qué quiero esto?-
-Son tiempos peligrosos-
-¿Ah, sí?- entornó la chica la mirada, con tono sarcástico -Cualquiera lo diría-
-Irene, por favor...- John se frotó los ojos con las manos, nervioso -Confía en mí-
-Dice el hombre de la mirada perdida, el alcohol en la sangre y la pistola en la cómoda-
-Deja de juzgarme sin conocer la situación. Si fueras yo, harías lo mismo-
-Pues explícamelo para poder comprenderlo- inquirió -John... nos casamos dentro de un mes y desde hace tiempo estás extraño. Te veo cada vez más nervioso, apático y distante. Y ahora me vienes con esto- alzó el trapo hasta sus ojos -¿De qué tienes miedo?- John frunció los labios. Se le secaban y se los humedecía constantemente. Parecía que estaba a punto de hablar, pero finalmente recobró la compostura, la agarró de los hombros y la acompañó hasta la planta inferior.
-Es hora de que vuelvas a casa. Guarda bien eso pero tenlo siempre a mano- fue lo único que le dijo antes de encargarle a Fred que la llevara hasta su casa. Luego no volvió a mirarla, ni se despidió siquiera con un beso. Se fue por su parte a ocuparse de lo que debía ocuparse. Para Irene aquello no era sino la peor señal posible, que confirmaba sus peores temores de que había algún peligro grave que acechaba a John. Esperaba estar equivocada.
Por otro lado, John echó a caminar a esas mismas altas horas de la noche, sin paraguas ni más abrigo que una gabardina larga marrón, bajo la inclemente tormenta. Los relámpagos se dejaban ver incluso a través de la espesa niebla. Para el hombre no era más que un mal presagio. En sus brazos llevaba una enorme bolsa de cuero abultada con una gran suma de dinero que protegía como si fuera un bebé. El bombín que llevaba en la cabeza amenazaba con salirle volando ante el viento y la lluvia, pero ni por esas soltaba una mano de la bolsa. Su vida estaba en juego y seguramente la de Irene tambiém, quizá hasta la de su padre. No, ¡Sabía Dios hasta la vida de quién estaba en juego! Se había metido en un mundo oscuro, más oscuro de lo que imaginaba. Creía que solo era apuestas, prostitución, alcohol y drogas, sobre todo drogas, pero...
Finalmente y contra todo pronóstico personal, llegó bajo uno de los puentes donde otras tantas veces se había citado con su contacto criminal, esperando que éste apareciera para cobrarse el dinero y lo dejara por fin marchar. Seguramente, tras entregar semejante suma de libras, su carrera política estaría prácticamente acabada al no poder financiar prácticamente ningún movimiento a su favor y posiblemente por ser acusado de robar dicho dinero para sí mismo. De hecho, su propio padre acabaría cayendo de la alcaldía acusado de formar parte de dicho robo, pero al menos salvarían la vida. La respuesta a esa duda afortunadamente no tardó en llegar cuando de entre la espesa niebla apareció un vehículo Ford con las luces apagadas, que se detuvo lentamente frente a él. La puerta se abrió dejando ver en su interior nada más que oscuridad y tiniebla -Traigo el dinero. Está todo aquí. Todo lo que os debía- masculló con la garganta cerrada.
-Hola John- saludó desde dentro la conocida voz de Maximillian, el cabecilla de los Dragul, una misteriosa organización que había aparecido en Londres no hacía mucho y que parecía tener contactos en todas partes. Lo sabían todo, lo manejaban todo... y sin embargo nadie a quien John preguntara parecía saber de ellos. Había otras mafias ya reconocidas y sitiadas por Londres, pero nada de los Dragul. Pero eran reales, a fin de cuentas ahí estaba Maximillian, frente a él, en la oscuridad. Una oscuridad que dicho sea de paso, era antinatural. La luz de la calle, aunque tenue, debería iluminarle, pero no. Era una completa cámara oscura hasta con la puerta abierta.
-El dinero- insistió John -Tómalo y demos estos tratos por cerrados ¿Sí?-
-Entra- dijo Maximillian, sin más-
-Por favor...-
-Entra- insistió
-Pero el dinero...-
-Entra- dijo una última vez y esta vez sin tono. Maximillian no es que fuese un hombre amable cuando había tratado con él, pero siempre tenía un carácter definido. Aquella última invitación carecía de toda emoción. Fue una voz ronca, seca, apagada, como si estuviese hablando con un cadáver. La sangre de John se heló por momentos, pero se recompuso lo suficiente para obedecer. Entró en el vehículo y la puerta se cerró sola a sus espaldas. Sus ojos solo vieron oscuridad.
No contaría más de unos segundos cuando unas luces comenzaron a iluminar la estancia del vehículo. Eran velas ¿Pero cuán distantes? ¡La estancia era enorme! Y frente a él había una mesa de mármol negro con vetas blancas, hermosa y brillante. Las velas cada vez iluminaban más y se multiplicaban ¿Estaba soñando? Se había montado en un coche ¿Cómo podía estar en una especie de despacho exquisitamente decorado?
-John- la voz de Maximillian le sobresaltó a sus espaldas -Puedes soltar la bolsa- invitó. John obedeció cual marioneta. La bolsa golpeó violentamente el suelo.
-¿Qué... qué está pasando...?- preguntó aterrado -¿Estoy muerto? ¿Es esto un maldito sueño?-
-Oh... No es un sueño- una voz cruel y demacrada le habló desde el otro lado de la mesa, envuelto en oscuridad. Una voz que solo había oido antes, cuando Maximillian le invitó a entrar por tercera vez en el coche.
-¿Quién es?- preguntó a Maximillian, pero ya no estaba presente.
-Es hora de que tú y yo tengamos una charla, John Campbell- una mano blanca y anciana de uñas largas y afiladas asomó de entre las sombras por encima de la mesa -Ven-
-¡Pero he traido el dinero para la deuda!- exclamó asustado -¿No os basta? ¿Qué queréis? ¿Matarme?
-Ya estás muerto, John- dijo divertida aquella voz tras una pausa silenciosa. Lo último que pudo ver John antes de que su mundo se sumiera en tinieblas fueron los brillantes y maliciosos ojos de aquel hombre asomando en la penumbra.
John no regresó aquella noche, ni las siguientes.
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