Seguía lloviendo, nada fuera de lo común durante un mes de septiembre en Londres.
Las ruedas del vehículo chirriaron contra los adoquines húmedos cuando éste se alejó, dejando sola a Irene, quien, con total elegancia, volvió a abrir su paraguas oscuro para resguardarse de las gotas de lluvia.
Se había detenido en el distrito de Whitechapel, en una zona céntrica donde los ciudadanos caminaban de un lado para otro con bastante agitación, cosa que la mujer imitó. No sabía a que se debía, pero desde que la guerra había terminado y las corrientes de Estados Unidos llegaban en forma de noticias impresas en papel, los londinenses se habían vuelto locos. Y no pensaba en las faldas cortas llenas de flecos ni de la música que ahora empezaba a escucharse en cualquier club, sino de la modernidad, la acelerada cuesta arriba que la sociedad parecía haber tomado sin ningún tipo de frenos. Sinceramente, la abrumaba. Tratándose de una mujer que alegaba tener los pies en el suelo, pensar en el futuro le provocaba cierto vértigo. Por desgracia, el cambio ya lucía frente a sus narices.
El cielo estaba particularmente grisáceo en comparación con años atrás, cuando el humo de las fábricas y el olor a carbón no inundaban las calles. El acero y el metal ahora lo cubrían todo, siendo incapaz de encontrar un solo paisaje en toda la ciudad que no estuviese ya contaminado de aquel material. Incluso la percepción al oído no era ya la misma, sobre todo en aquellas horas donde la bocina de la locomotora se oía más que nunca. Londres cambiaba, quisiera o no. La gente decía que para mejor. Irene, aquella mañana, se lo cuestionaba.
Tras un largo paseo, sorteando las zonas más transitadas y circulando por callejones oscuros que jamás había llegado a conocer hasta entonces, creyó llegar a un lugar donde poder empezar a realizar la tarea que la había llevado hasta allí. Se trataba de una calle ancha, sucia y maloliente. Los montones de cabrón se acumulaban en las esquinas de las viviendas, con fachadas descuidadas y cristales tan opacos que era imposible saber si estaban habitadas. Había poca gente en aquel lugar, sólo unas mujeres vestidas de negro que se acompañaban y un grupo de hombres que salían felices de lo que parecía ser un bar.
Si era sincera consigo misma, no sabía que diantres hacía allí. De hecho, no estaba segura de que allí fuese a encontrar nada de lo que estaba buscando. Se estaba dejando llevar por suposiciones y perjuicios, pero si era lo único con lo que podía empezar, no le quedaba otra. Agarró el bolso con determinación y se encaminó hacia el bar.
Nada más entrar, se creó el silencio. El local estaba medio vacío, quizás porque no eran horas, y todos los que quedaban en su interior eran hombres. Iban elegantemente vestidos, para sorpresa de la chica. Las chaquetas que lucían estaban limpias, así como sus zapatos apenas tenían barro. Sin embargo, todos la miraron. Entendía que no era común ver a una mujer sola en un bar a aquellas horas, sobre todo si era una mujer a la que no habían visto nunca, de forma que decidió ignorarles y seguir con su acción. Caminó tranquila, disimulando su interés, hasta que tomó asiento en una silla muy cercana a uno de los ventanales, algo sucios. Una vez colocada, dirigió su mirada a todas partes. Sabía que era una ilusa si trataba de encontrar a John en el primer lugar en el que buscaba, pero no perdía la esperanza de encontrar alguna pista que le llevase hasta él, aunque fuera allí. Sin darse cuenta, había estado aferrándose al bolso de una forma tan violenta, que cuando retiró una de sus manos estaba húmeda y rojiza, dado que se había clavado el cierre metálico en la palma. Fue solo un segundo de distracción en el que miró su mano, suficiente, al parecer, para que uno de los hombres que allí había se acercase a ella. Irene se sobresaltó al comprobar como se acercaba a ella sin detenerse, de forma que prosiguió con su actuación. —¿Busca algo, señora?— preguntó con un marcado acento extranjero. Cuando la chica reparó en él, descubrió una tez bronceada y unos cabellos tan oscuros como la cáscara de las castañas.
—No, gracias.—contestó la chica sin más.
—Mucho me temo que miente. Si no ¿Qué hace aquí? —preguntó sonriente. A sus espaldas, todos los hombres del lugar, incluido el que parecía ser el dueño, observaban la escena sin perder detalle.
—Busco a alguien, nada más.
—¿Y se puede saber quien es ese alguien? Porque algo me dice que no le va a encontrar aquí.
—¿Y usted qué sabe? —preguntó consternada. —Oiga, si quiere algo, tengo que decirle que estoy prometida, así que déjeme en paz —aquella suposición tan directa hizo que el hombre profiriese una enorme carcajada, que fue acompañada de la risa de los demás.
—¿La habéis oído? — siguió riendo, tomando asiento en la mesa donde Irene estaba, del revés. —Me parece que este no es lugar para ti, encanto. No se qué buscas, pero más vale que te vayas de aquí—aseguró, perdiendo los modales y la educación para con ella. La mujer, por su parte, suspiró tomando algo de coraje. Estaba nerviosa pero trató que no se le notase demasiado.
—No pienso moverme de aquí.
—¿Cómo? ¿He oído bien?—. El resto de hombres dejaron de disimular y acabaron por volverse hacia ella, lo cual fue muy amenazante. —¿Estás segura?
—No me dan miedo vuestras amenazas, pero si queréis que me vaya, tendréis que responderme a unas preguntas antes —alcanzó a decir. El hombre que se enfrentaba a ella abrió los ojos con sorpresa. En su rostro se delataba que estaba haciendo un enorme esfuerzo por no volver a carcajearse.
—Pero ¿Tú de que vas, niñata? ¿Quien cojones te envía? — Fue a echarle la mano encima cuando la chica, en un alarde de reflejos, llevó la mano al interior del bolso, fugaz como un relámpago. Sus intenciones fueron percibidas por el resto, que no tardaron en echar las manos a sus armas, escondidas bajo sus ropajes y ocultas en el interior de sus chaquetas. —¡Eh! ¡Eh! ¡Esperad un maldito segundo! —gritó el hombre, encontrándose con una Irene al borde de un ataque de ansiedad, respirando de forma tan acelerada que se había despeinado el flequillo. —¡Tú, responde! ¡¿Quien te ha dicho que vengas aquí?
—¡Nadie! ¡Nadie!—respondió, observando como el dueño del local echaba el cierre. Estaba encerrada, allí, en aquel antro. Si algo le pasaba, su rastro también desaparecería allí. Tenía que relajarse, pensar y aclarar las ideas. Pero era muy difícil. —Estoy aquí por voluntad propia—aseguró.
—No me lo trago— alegó uno de los hombres que quedaban junto a la barra.
—Yo tampoco —repitió el que tenía en frente. Colocó su arma sobre la mesa, entre Irene y él. Era otra amenaza.
—Pues es la verdad —insistió. Llevó su mano al cuello, deslizándola por el escote. Extrajo un colgante, que al abrirse, reveló una fotografía de John junto a la suya. —Estoy buscando a este hombre—señaló, colocando el colgante junto al arma, sobre la mesa.
—¿Quien es?
—Mi prometido. Desapareció hace cuatro días.
—No se quien es ese tipo, no le he visto en mi vida —confirmó. —¿Por qué le buscas aquí? —preguntó con seriedad, una seriedad que sonaba tan amenazante como todas sus acciones anteriores.
—Porque es un buen hombre y alguien ha tenido que arrastrarle a alguna parte.
—Un buen hombre —sonrió con desprecio. —Tu futuro marido está con otra mujer, retozando en una cama sucia de cualquier prostíbulo. Hazte a la idea, encanto —aquella hipótesis hizo reír al resto de los hombres.
—Esa puede ser tu idea. La mía es más bien distinta —De forma inteligente y serena, Irene alzó las manos. Después, llevó una sola de ellas hasta el bolso con una lentitud que denotase buenas intenciones y diese confianza a aquellos hombres de que no iba a sacar el arma. Efectivamente, lo que extrajo, fue el papel arrugado lleno de droga. —Lo que yo creo es que John estaba tratando con alguien que le daba esto. Y creo que ese conocido suyo tiene algo que ver con su desaparición. ¿Vosotros sabéis algo? —preguntó sin malas intenciones. El hombre, en cambio, compuso un gesto impasible. Miró a sus compañeros, intercambiando con ellos miradas cargadas de intenciones, para después devolver la vista a la chica.
—¿Es este un truco para descubrir de forma inútil un negocio ilegal de droga?
—¿Qué? No, por supuesto que no.
—Pues a mí me parece que es algo por el estilo —afirmó. —Joder... con lo bien que ibas —bromeó.
—Estáis equivocados. Lo que he dicho es cierto —repitió a la vez que el hombre se levantaba de su asiento y se reunía con sus compañeros. Irene se puso en pie, sospechando algo horrible.
—¿A donde crees que vas?
—A buscar a alguien que me ayude con esto.
—Vuelve a sentarte en esa silla —le ordenó. La chica quiso replicar, pero se encontró rodeada de hombres que iban a obligarla a sentarse de cualquier forma.
—¿Qué queréis?— preguntó con rabia, comprobando como sus primeros planes se iban al garete.
—Que te quedes ahí quieta hasta que caiga la noche. Él decidirá que hacer contigo —sonrió. Y su sonrisa fue tan macabra, que un sudor frío recorrió su espalda al completo. Aquello no sonaba nada bien, de forma que decidió tomar asiento y contemplar sus opciones. Allí había armas por todas partes, de forma que salir viva en un intento de huida iba a ser algo imposible. —Muy bien. Ahora y hasta que él llegue, quédate ahí quietecita y no des problemas ¿De acuerdo? Será mejor para los dos —guiñó el ojo.
—¿Quien es él? —preguntó. Todos sonrieron, pero nadie respondió.
Irene suspiró con desesperación. Estaba metida en un buen lío. Uno de los de verdad.
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