jueves, 23 de enero de 2020

Seguía lloviendo, nada fuera de lo común durante un mes de septiembre en Londres. 
Las ruedas del vehículo chirriaron contra los adoquines húmedos cuando éste se alejó, dejando sola a Irene, quien, con total elegancia, volvió a abrir su paraguas oscuro para resguardarse de las gotas de lluvia. 
Se había detenido en el distrito de Whitechapel, en una zona céntrica donde los ciudadanos caminaban de un lado para otro con bastante agitación, cosa que la mujer imitó. No sabía a que se debía, pero desde que la guerra había terminado y las corrientes de Estados Unidos llegaban en forma de noticias impresas en papel, los londinenses se habían vuelto locos. Y no pensaba en las faldas cortas llenas de flecos ni de la música que ahora empezaba a escucharse en cualquier club, sino de la modernidad, la acelerada cuesta arriba que la sociedad parecía haber tomado sin ningún tipo de frenos. Sinceramente, la abrumaba. Tratándose de una mujer que alegaba tener los pies en el suelo, pensar en el futuro le provocaba cierto vértigo. Por desgracia, el cambio ya lucía frente a sus narices.
El cielo estaba particularmente grisáceo en comparación con años atrás, cuando el humo de las fábricas y el olor a carbón no inundaban las calles. El acero y el metal ahora lo cubrían todo, siendo incapaz de encontrar un solo paisaje en toda la ciudad que no estuviese ya contaminado de aquel material. Incluso la percepción al oído no era ya la misma, sobre todo en aquellas horas donde la bocina de la locomotora se oía más que nunca. Londres cambiaba, quisiera o no. La gente decía que para mejor. Irene, aquella mañana, se lo cuestionaba. 
Tras un largo paseo, sorteando las zonas más transitadas y circulando por callejones oscuros que jamás había llegado a conocer hasta entonces, creyó llegar a un lugar donde poder empezar a realizar la tarea que la había llevado hasta allí. Se trataba de una calle ancha, sucia y maloliente. Los montones de cabrón se acumulaban en las esquinas de las viviendas, con fachadas descuidadas y cristales tan opacos que era imposible saber si estaban habitadas. Había poca gente en aquel lugar, sólo unas mujeres vestidas de negro que se acompañaban y un grupo de hombres que salían felices de lo que parecía ser un bar. 
Si era sincera consigo misma, no sabía que diantres hacía allí. De hecho, no estaba segura de que allí fuese a encontrar nada de lo que estaba buscando. Se estaba dejando llevar por suposiciones y perjuicios, pero si era lo único con lo que podía empezar, no le quedaba otra. Agarró el bolso con determinación y se encaminó hacia el bar.

Nada más entrar, se creó el silencio. El local estaba medio vacío, quizás porque no eran horas, y todos los que quedaban en su interior eran hombres. Iban elegantemente vestidos, para sorpresa de la chica. Las chaquetas que lucían estaban limpias, así como sus zapatos apenas tenían barro. Sin embargo, todos la miraron. Entendía que no era común ver a una mujer sola en un bar a aquellas horas, sobre todo si era una mujer a la que no habían visto nunca, de forma que decidió ignorarles y seguir con su acción. Caminó tranquila, disimulando su interés, hasta que tomó asiento en una silla muy cercana a uno de los ventanales, algo sucios. Una vez colocada, dirigió su mirada a todas partes. Sabía que era una ilusa si trataba de encontrar a John en el primer lugar en el que buscaba, pero no perdía la esperanza de encontrar alguna pista que le llevase hasta él, aunque fuera allí. Sin darse cuenta, había estado aferrándose al bolso de una forma tan violenta, que cuando retiró una de sus manos estaba húmeda y rojiza, dado que se había clavado el cierre metálico en la palma. Fue solo un segundo de distracción en el que miró su mano, suficiente, al parecer, para que uno de los hombres que allí había se acercase a ella. Irene se sobresaltó al comprobar como se acercaba a ella sin detenerse, de forma que prosiguió con su actuación. —¿Busca algo, señora?— preguntó con un marcado acento extranjero. Cuando la chica reparó en él, descubrió una tez bronceada y unos cabellos tan oscuros como la cáscara de las castañas.
—No, gracias.—contestó la chica sin más.
—Mucho me temo que miente. Si no ¿Qué hace aquí? —preguntó sonriente. A sus espaldas, todos los hombres del lugar, incluido el que parecía ser el dueño, observaban la escena sin perder detalle.
—Busco a alguien, nada más.
—¿Y se puede saber quien es ese alguien? Porque algo me dice que no le va a encontrar aquí.
—¿Y usted qué sabe? —preguntó consternada. —Oiga, si quiere algo, tengo que decirle que estoy prometida, así que déjeme en paz —aquella suposición tan directa hizo que el hombre profiriese una enorme carcajada, que fue acompañada de la risa de los demás.
—¿La habéis oído? — siguió riendo, tomando asiento en la mesa donde Irene estaba, del revés. —Me parece que este no es lugar para ti, encanto. No se qué buscas, pero más vale que te vayas de aquí—aseguró, perdiendo los modales y la educación para con ella. La mujer, por su parte, suspiró tomando algo de coraje. Estaba nerviosa pero trató que no se le notase demasiado. 
—No pienso moverme de aquí.
—¿Cómo? ¿He oído bien?—. El resto de hombres dejaron de disimular y acabaron por volverse hacia ella, lo cual fue muy amenazante. —¿Estás segura?
—No me dan miedo vuestras amenazas, pero si queréis que me vaya, tendréis que responderme a unas preguntas antes —alcanzó a decir. El hombre que se enfrentaba a ella abrió los ojos con sorpresa. En su rostro se delataba que estaba haciendo un enorme esfuerzo por no volver a carcajearse. 
—Pero ¿Tú de que vas, niñata? ¿Quien cojones te envía? — Fue a echarle la mano encima cuando la chica, en un alarde de reflejos, llevó la mano al interior del bolso, fugaz como un relámpago. Sus intenciones fueron percibidas por el resto, que no tardaron en echar las manos a sus armas, escondidas bajo sus ropajes y ocultas en el interior de sus chaquetas. —¡Eh! ¡Eh! ¡Esperad un maldito segundo! —gritó el hombre, encontrándose con una Irene al borde de un ataque de ansiedad, respirando de forma tan acelerada que se había despeinado el flequillo. —¡Tú, responde! ¡¿Quien te ha dicho que vengas aquí?
—¡Nadie! ¡Nadie!—respondió, observando como el dueño del local echaba el cierre. Estaba encerrada, allí, en aquel antro. Si algo le pasaba, su rastro también desaparecería allí. Tenía que relajarse, pensar y aclarar las ideas. Pero era muy difícil. —Estoy aquí por voluntad propia—aseguró.
—No me lo trago— alegó uno de los hombres que quedaban junto a la barra.
—Yo tampoco —repitió el que tenía en frente. Colocó su arma sobre la mesa, entre Irene y él. Era otra amenaza.
—Pues es la verdad —insistió. Llevó su mano al cuello, deslizándola por el escote. Extrajo un colgante, que al abrirse, reveló una fotografía de John junto a la suya. —Estoy buscando a este hombre—señaló, colocando el colgante junto al arma, sobre la mesa.
—¿Quien es?
—Mi prometido. Desapareció hace cuatro días.
—No se quien es ese tipo, no le he visto en mi vida —confirmó. —¿Por qué le buscas aquí? —preguntó con seriedad, una seriedad que sonaba tan amenazante como todas sus acciones anteriores. 
—Porque es un buen hombre y alguien ha tenido que arrastrarle a alguna parte.
—Un buen hombre —sonrió con desprecio. —Tu futuro marido está con otra mujer, retozando en una cama sucia de cualquier prostíbulo. Hazte a la idea, encanto —aquella hipótesis hizo reír al resto de los hombres. 
—Esa puede ser tu idea. La mía es más bien distinta —De forma inteligente y serena, Irene alzó las manos. Después, llevó una sola de ellas hasta el bolso con una lentitud que denotase buenas intenciones y diese confianza a aquellos hombres de que no iba a sacar el arma. Efectivamente, lo que extrajo, fue el papel arrugado lleno de droga. —Lo que yo creo es que John estaba tratando con alguien que le daba esto. Y creo que ese conocido suyo tiene algo que ver con su desaparición. ¿Vosotros sabéis algo? —preguntó sin malas intenciones. El hombre, en cambio, compuso un gesto impasible. Miró a sus compañeros, intercambiando con ellos miradas cargadas de intenciones, para después devolver la vista a la chica.
—¿Es este un truco para descubrir de forma inútil un negocio ilegal de droga?
—¿Qué? No, por supuesto que no.
—Pues a mí me parece que es algo por el estilo —afirmó. —Joder... con lo bien que ibas —bromeó. 
—Estáis equivocados. Lo que he dicho es cierto —repitió a la vez que el hombre se levantaba de su asiento y se reunía con sus compañeros. Irene se puso en pie, sospechando algo horrible.
—¿A donde crees que vas?
—A buscar a alguien que me ayude con esto.
—Vuelve a sentarte en esa silla —le ordenó. La chica quiso replicar, pero se encontró rodeada de hombres que iban a obligarla a sentarse de cualquier forma. 
—¿Qué queréis?— preguntó con rabia, comprobando como sus primeros planes se iban al garete.
—Que te quedes ahí quieta hasta que caiga la noche. Él decidirá que hacer contigo —sonrió. Y su sonrisa fue tan macabra, que un sudor frío recorrió su espalda al completo. Aquello no sonaba nada bien, de forma que decidió tomar asiento y contemplar sus opciones. Allí había armas por todas partes, de forma que salir viva en un intento de huida iba a ser algo imposible. —Muy bien. Ahora y hasta que él llegue, quédate ahí quietecita y no des problemas ¿De acuerdo? Será mejor para los dos —guiñó el ojo.
—¿Quien es él? —preguntó. Todos sonrieron, pero nadie respondió. 
Irene suspiró con desesperación. Estaba metida en un buen lío. Uno de los de verdad.
-Así que la situación es la siguiente- el tiempo había pasado y por fin, Allan y el inspector O'Sullivan dejaron de tratar temas políticos, dires y diretes y demás tejemanejes para que la opinión pública y la prensa no acabara devastando la carrera del Alcalde y la futura carrera de su hijo, cuando apareciese de vuelta -Usted y la señorita Miller deben confiarnos a nosotros, la policía, la resolución del caso. Aunque pueda parecer que no, vista la reacción de la señorita, puedo asegurarles que hago todo cuanto está en mi mano para mover las piezas necesarias y ordenarlas en el orden correcto para cerrar este caso de inmediato- Allan e Irene suspiraron casi a la vez al oír las manidas palabras del inspector.
-Supongo que no podemos hacer otra cosa que confiar en usted y dejarle trabajar-
-Me temo que así es, señor- el inspector se dejó caer sobre su mesa y cruzó las manos sobre su regazo, frunciendo los labios como quien le dice a un niño que no debe comer más caramelos. Esa expresión irritó a la chica.
-¿Realmente no hay nada que podamos hacer para agilizar las cosas?- preguntó ella apartándose de la ventana y apretando el bolso.
-Absolutamente nada. De hecho, si os metéis por medio, solo vais a dificultarnos las cosas. Podríais, sin querer, crear incluso pistas falsas- explicó con una convicción dudosa. Irene miró a Allan y luego al inspector, para finalmente devolver la mirada a Allan de nuevo. El Alcalde miraba al inspector con cierta inquietud -Sé que estáis preocupados, pero por favor... Dejadnos el asunto a nosotros-
-Está bien, está bien. No hay más que hablar- Allan se puso en pie -Irene, será mejor que nos marchemos. Fred te llevará de vuelta a casa- hizo un gesto con el brazo invitándola a salir del despacho del inspector.
-No se preocupen. Como ya dije, este caso me quita el sueño- insistió mirando a Irene acercarse a la puerta -Y no descansaré hasta resolverlo-
-Confío en que sea tan hábil trabajando como disimulando entonces las ojeras, inspector- acuñó la chica antes de salir por la puerta, dejando a Allan helado ante la irritada mirada del inspector.

Cuando regresaron al vehículo, Allan no dejaba de frotarse los muslos. Parecía que las manos le sudaban a mares y no sabía dónde enclavar la mirada para dirigirse a Irene -¿Es que te has vuelto loca? ¿A qué viene ese arrebato?-
-Al menos podría ser sincero- se excusó la chica mirando sin miramientos a su futuro suegro -¿Cuántas veces tiene que repetir que no descansará sobre el caso para intentar que nos lo creamos? Su incesante retaila no hace otra cosa mas que hacerme creer que nos toma por estúpidos-
-Te pierde la lengua jovencita- gruñó Allan -Esa actitud no te va, no te pega. Y creeme que no te llevará a ningún sitio-
-Pues aquí estoy- concluyó con mirada afilada. Allan era demasiado bueno y ella lo sabía, demasiado bobo, lo cual hacía increible que fuese el alcalde. No obstante sabía que había límites que no debía cruzar ni siquiera con él. El problema, de todas formas, radicaba en eso. Hasta ella era capaz de darse cuenta de que el inspector le estaba dando largas por alguna razón, y no era difícil debido a la actitud de Allan y a la enorme preocupación que tenía, no solo por su hijo, sino por el cargo y el futuro de su carrera política -Discúlpame- dijo finalmente la chica -Yo... Solo estoy preocupada y asustada. No quiero que pase un día más sin saber qué ha ocurrido-
-Lo sé, querida- la mano distraida de Allan fue a parar sobre la rodilla de la chica, la cual disparó una veloz mirada hacia el gesto del hombre -Todos estamos consternados-
-¿Podemos ir a casa de John un momento?- preguntó aún mirando la mano de Allan petrificada sobre su rodilla.
-¿A la casa de mi hijo? Pero...-
-Solo será un segundo. Tengo que recoger algo que me dejé el otro día- con un leve movimiento de la pierna, se quitó la mano de Allan de encima.
-Pero O'Sullivan nos ha dicho que debemos alejarnos del caso para no entorpecer...-
-Será solo un segundo, por favor- pidió con paciencia, suspirando.

Irene no necesitó ser demasiado persuasiva para que Allan accediera, de modo que en un abrir y cerrar de ojos allí estaban, entrando de nuevo por las puertas de la casa. De un tiempo a otro, la casa parecía ser desconocida. El servicio no estaba, ni tampoco John. No quedaba apenas el olor típico de su presencia y aquello enrareció enormemente el ambiente -Por favor, no tardes-
-No, claro. Vengo enseguida-  la chica corrió escaleras arriba y entró en la habitación de John, cerrando la puerta a sus espaldas. Tenía un escaso pero preciado tiempo en el que poder buscar algo, lo que fuera, que pudiera otorgarle algún tipo de pista que la torpe y esquiva policía pudiera haber pasado por alto. Ella le conocía mejor que cualquier otra persona, solo debía pensar...

Rauda como un rayo se internó en los cajones y armarios, buscó en cada pantalón, chaqueta y camisa. Inspeccionó la mesita de noche e incluso se atrevió a levantar ligeramente el colchón en busca de algo. Lo peor de todo era ni siquiera saber qué estaba buscando exactamente, pero le valdría hasta un pelo, aunque no fuese ni de él... o de ella. Al menos podría llegar a imaginar que estaba con otra de viaje y no despedazado en alguna colina lejana. Finalmente, la busqueda no dio ningún resultado satisfactorio y se quedaba sin tiempo. Ya había creido oír la voz de Allan llamándola para que se diera prisa cuando lo vio ahí, quieto y despampanante, preparado para el día: el traje de bodas ¿Sería posible? ¿Estar donde menos debiera haber una pista? Quizá era lo obvio si lo veía de ese modo. Nerviosa y con la mano temblorosa acarició las mangas, los hombros, la botonera... y finalmente los bolsillos. Nada en el izquierdo, nada en el derecho pero... sí en el bolsillo interior. Extrajo un pequeño paquetito envuelto en un viejo papel que ya estaba amarillento y muy arrugado. Al tacto, parecía estar lleno de arenilla o una sustancia similar. Al abrirlo pensó que era talco pero... no podía ser talco. Aquello, tan escondido y con tan mala pinta... Pensó en olerlo, pero si era lo que creía, más le valía no aspirarlo -¡Irene!- llamó de nuevo Allan. La chica se guardó el paquetito en el bolso y corrió escaleras abajo para no impacientar más a su futuro suegro.

De vuelta en el vehículo, la chica observaba las calles con la mente envuelta en mil posibilidades e historias. Aquello no hacía más que confirmar lo que tanto temía, a fin de cuentas: que John había dado con los huesos con gente a la que no debía de acercarse jamás. Sin duda, él podía ser tan culpable como esa gente ¿¡A quién se le ocurre, siendo el hijo del alcalde y el futuro postulante?! En cualquier caso, aún podía haber explicación. Quizá estaba sufriendo una extorsión o algún otro tipo de amenaza por lo que se viera obligado. John no era así, ella le conocía. Debía de haber una explicación... -Pronto llegaremos a casa. Ha sido un día difícil de carga emocional- suspiraba Allan.
-Yo creo que no voy a casa-
-¿Pero qué dices ahora, mujer?- el alcalde empezaba a impacientarse con la futura esposa de su hijo -Ya está bien de aventuras y de desafíos, Irene- la chica abrió el bolso y extrajo el revólver que John le entregó. Lo alzó muy ligeramente para que Allan lo viera -Dios bendito ¿Es que te has vuelto loca?-
-No es para ti- se apresuró a aclarar ella -Si me escucharas, nos ahorrariamos un numerito. Baja la voz-
-¿Qué demonios haces tú con un arma, niña? Dame eso- la apremió mirando por las ventanillas y asegurándose que nadie los mirara de más.
-Me la dio John- explicó ella para sorpresa de Allan, que la miraba extrañado -Me la dio la misma noche que desapareció, Allan- ambos se miraron largo rato
-¿Por qué mi hijo...?- Irene se apresuró a guardar la pistola en el fondo del bolso para después extraer el paquetito y ponérselo en la mano al alcalde -¿Y esto?-
-Lo que la policía no parece saber encontrar porque deben de estar muy ocupados durmiendo cuando dicen no hacerlo- contestó airada. Allan desenvolvió ligeramente el paquete para ver horrorizado el contenido.
-No puede ser... ¿Dónde estaba esto?-
-En el bolsillo interior de la chaqueta de su traje de boda- explicó apenada -Bien escondido-
-Maldición...- la voz de Allan se quebró. Enrolló el paquete y se llevó una mano a la cara, consternado -¿Dónde se ha metido este chico...?-
-Allan, John nunca ha mostrado síntomas de estar... drogado- dijo por fin -Nervioso, sí. Asustado, pero no drogado. Todo ello me lleva a pensar en que está siendo extorsionado o amenazado, coaccionado-
-¿Por quién?- ante la estúpida pregunta de Allan, Irene alzó las cejas y lo miró con seriedad.
-No hace falta ser alcalde o inspector de policía para saber que prácticamente toda inglaterra se está viendo afectada por diversos grupos criminales-
-Dios...- se lamentó el hombre -Yo... Esto es peor de lo que podía esperar. Si esto se descubre...-
-Allan...- Irene suspiró -Yo me ocuparé-
-¿Qué quieres decir?-
-Que yo moveré ficha hasta que la policía se decida a actuar como es debido. Todo esto no tiene sentido... y quizá pueda escuchar algo que nos sirva de pista-
-¿Qué pretendes hacer?- la miraba sorprendido. Para ser mujer, tenía agallas, pero no la creía tan idiota de ponerse en peligro de esa manera.
-Me pasaré por uno de esos barrios... y pondré la oreja-
-Eso solo servirá para que esa jauría de perros sarnosos te violen hasta la saciedad y te abran en canal. Mírate, Irene, no tienes ni la más mínima pinta de ser de esos lares. Te despellejarán y te quitarán todo cuanto tienes-
-Lo mismo ha podido pasarle a John- contraatacó ella -Y no parece preocuparte tanto-
-Eso...- el alcalde la miró con severidad.
-M-mil perdones... Lo siento- la chica se pasó rápidamente una mano por el rostro para tratar de que no se le escapara lágrima alguna -Estoy asustada y siento que algo tengo que hacer- ante las palabras de Irene, Allan suspiró pesadamente.
-¿Puedo convencerte de lo contrario?- preguntó sin esperanza. Lo veía claro en los ojos de la chica y en su actitud. Empezaba a conocerla lo suficiente, tras este tiempo.
-No, me temo que no- carraspeó para aclarar su garganta, sin mirar a Allan a los ojos.
-Entonces llévate ese revólver y tenlo siempre a mano. Te quiero de vuelta antes del anochecer- dijo perdiendo ese tono afable que tenía constantemente. Ahora le hablaba un alcalde determinado, no el padre de su futuro marido -Eres importante para mi hijo, así que si algo te pasa por esta misión suicida que parece que te has impuesto como si fueras la mejor detective del mundo, será culpa mía. Si tengo que cargar con algún cadáver será con el suyo. No llevaré el eterno estigma de tu pérdida en mi piel. Si mi hijo no regresa entre los vivos, su mirada furiosa no me perseguirá desde la muerte ¿Entendido? Si cae la noche y no vuelves diré que me has amenazado con ese revólver y que has intentado drogarme con esto- alzó el paquetito ligeramente -Te destruiré la vida antes de que tú destruyas la mía, si sale a la luz todo esto. Perderás toda credibilidad y si mi hijo aparece, te despedirás de él para siempre- Irene tragó saliva... y asintió -Tienes hasta el ocaso, niña- cuando el coche se detuvo cerca de la vivienda de Irene, ésta bajó por fin -Vuelve sana y salva, por favor. No arriesgues más de lo que ya estás haciendo- suplicó antes de que el coche se pusiera de nuevo en marcha. Ahora estaba sola.

miércoles, 22 de enero de 2020

De no haber tenido las manos enguantadas, se hubiese estado mordiendo las uñas hasta que su piel sangrara tras un mordisco desafortunado sobre la yema de los dedos, fruto del traqueteo constante del vehículo en el que viajaba.
A su lado, Allan Campbell, actual Alcalde de Londres, no presentaba mejor aspecto. Sus manos temblaban y se enredaban al rededor de un pañuelo de un blanco impoluto, que nada más subir al coche había extraído del bolsillo de su chaqueta. Miraba a través de la ventanilla, sin dejar la vista en algún punto concreto de la ciudad, mientras murmuraba palabras en un tono tan bajo de voz que para Irene fue imposible entenderlas; y sin embargo, juraría que podía adivinarlas. Su lamento podía llegar a ser tan grande como el de ella, así como la desolación e impotencia que inundaban sus corazones. Debía estar pensando en lo mismo, suplicando lo mismo a los cielos. No cabía otra alternativa.

El vehículo se detuvo a las puertas de la comisaría, de forma que, cuando Allan bajó, apenas tuvo que dar dos pasos bien distantes para alcanzar la puerta y desaparecer del alcance de miradas indiscretas. Las cortas piernas de Irene, sin embargo, la obligaron a abrir el paraguas antes de seguir los pasos de su futuro suegro hasta el interior del edificio.
Una vez dentro, las miradas se centraron en el alcalde. No solo los policías, con sus oscuros uniformes, se detuvieron ante la escena que iban a presenciar, también los ciudadanos que buscaban del servicio del cuerpo agudizaron sus sentidos para entender qué ocurría. Irene lo observó todo desde atrás, cómo la gente comenzaba a cuchichear, cómo los policías se miraban entre ellos sin entender qué hacía allí el alcalde. Al fondo de la estancia, un par de puertas de madera oscura se abrieron con total discreción, siendo cruzadas por el inspector de policía. Fue el único que mantuvo el semblante serio mientras el silencio reinó entre los presentes, así como también, el único en estrechar la mano de Allan e invitarle a pasar al despacho. Él ya sabía lo que ocurría.

El despacho del inspector O'Sullivan era modesto, acogedor e increíblemente oscuro. Los muebles, de madera de caoba, daban un aspecto serio y profesional al lugar. Al contrario, los múltiples papeles que había al rededor de su mesa, así como el considerable número de vasos de cristal sucios que había sobre una mesa auxiliar al lado de la única ventana a la derecha, dejaban ver que aquel lugar mantenía su pequeño caos. — Señor O'Sullivan, señorita Miller, por favor, tomen asiento— rogó el inspector mientras rodeaba la mesa. — Confieso que el caso de John me quita el sueño. Desde que recibí ayer la noticia, he estado investigando el caso de primera mano.
— Eso significa que no hay novedades ¿No es así? —preguntó Allan con deje triste y desesperado en la voz. Acariciaba sus muslos de forma frenética con la palma de sus manos, incapaz de contener sus nervios.
— Así es— admitió el inspector.
— Pero... eso no puede ser, las personas no pueden desaparecer así como así, sin dejar rastro. Menos aún mi propio hijo. Es un hombre inteligente y avispado —se excusó.
— Permítame decirle que las cualidades de su hijo no tienen nada que ver. ¿Ve esto? —. La mano de O'Sullivan se paseó sobre un montón de papeles y recortes de periódicos que tenía sobre la mesa. Había escritos, noticias y fotografías de todo tipo. — Son más desapariciones. Más casos de personas, más jóvenes o más mayores que John, desaparecidas durante todos estos meses atrás.
— Entonces, estamos hablando de algo que va más allá ¿No es así? —preguntó Irene. Inspector y Alcalde la observaron algo impresionados, como si no esperasen que una chica aparentemente silenciosa y vestida de negro pudiese llegar a cuestionar a un alto cargo de la policía de Londres.
—Podría ser... o no —respondió.
—¿A qué se refiere? —preguntó Allan inquieto.
—Como la señorita Miller especula, la ciudad está sumida en un enorme problema de desapariciones constantes, que no dejan rastro ni huella visible. Sin embargo, el caso de su hijo, puede ser distinto. Al ser el hijo del Alcalde puede generar ciertos intereses en todo grupo de bandas criminales. Secuestrar a su hijo puede ser un negocio redondo para quien busque dinero fácil y rápido ¿Comprende? —preguntó con paciencia —Lo que quiero decir es que no podemos afirmar a la ligera que el caso de su hijo pueda estar englobado con el resto.
—¿Y qué mas daría? Es una desaparición, y sea cual sea el motivo, debe tratarse igual —replicó la mujer.
—Señorita Miller, como ya he dicho, este caso me quita el sueño. Créame cuando le digo que estoy totalmente implicado en la búsqueda de John. Los efectivos de mayor confianza ya están tratando muy de cerca la situación y estoy seguro de que pronto tendremos noticias favorables —aseguró con deje intranquilo.
—Así que ya está ¿No? John ha desaparecido y no hay nada más que hacer. ¿Hemos venido para nada?
—Irene... —murmuró Allan. Normalmente, era un hombre serio y firme, capaz de mandar a callar a cualquiera con una mirada severa. Pero aquel día estaba destrozado y su voz, rota.
—No, no, señor. Déjela hablar. Es comprensible su frustración, sobre todo cuando, tengo entendido, la boda se celebra en cuestión de semanas.
—Así es —asintió la chica. —Así que espero que encuentren a mi prometido antes de que llegue esa fecha. Londres es muy grande, pero se suponía que la policía era excelente —gruñó. —Hace ya cuatro días que desapareció y todavía no he visto a uno solo de sus hombres ir a su habitación y registrar sus cosas hasta dar con alguna pista. ¿Qué es lo que hacen? ¿Ir de dos en dos a dar una vuelta por las calles y punto? Esperaba más. Mucho más.
—Las calles son peligrosas y hay más casos que requieren de nuestra atención. Desearía poder tener a hombres en todas partes, en cada esquina, para que impidieran que todas estas desapariciones se efectuasen —señaló al montón de papeles —pero, después de la guerra, la cosa sigue un poco... complicada —. Irene tuvo que callar, puesto que sabía que si montaba en cólera, la tomarían por una prometida histérica y la sacarían de allí sin pedir permiso. —De todas formas, no les he hecho venir hasta aquí para nada. Quería que me hablasen de John, de primera mano. Quiero saber si antes de su desaparición ha estado comportándose de forma extraña o haciendo algo fuera de lo común.
—No, no. Nada de eso. —se apresuró Allan a contestar. —Lo dije antes, mi hijo es ejemplar. Se pasa los días estudiando y trabajando conmigo. Sus ratos libres los pasa con su prometida. ¿Qué podría salirse fuera de lo común en eso?
—Cualquier detalle. Cualquier ínfimo recuerdo de algo que no les encajase podría transformarse en una pista crucial —insistió el inspector, entrelazando los dedos sobre la mesa. —¿Señorita Miller? —. Cuando preguntó su opinión, Irene se sobresaltó. Durante unos segundos había estado recordando, viajando unos días atrás y reviviendo todas las conversaciones con John. Por supuesto, ella tenía una visión distinta a la de su padre.
—Se comportaba de forma extraña —admitió. El Alcalde suspiró. Ya ambos habían mantenido una conversación antes sobre ello, y Allan se mostraba escéptico. —Sólo durante el último mes, nada más —se corrigió. —Trabajaba más de la cuenta, en horas en las que nunca solía trabajar. Bebía más de lo normal, también. Estaba nervioso y supongo que quería aplacar esos nervios con alcohol y tabaco.
—¿Y sabe por qué estaba nervioso? — La mujer negó con la cabeza.
—Decía que era trabajo, pero nunca le había visto así.
—Bueno, no nos alarmemos. Puede que esa ansiedad sea por motivos ajenos a los que nos atañen. La responsabilidad del cargo que quiere ocupar, la presión de la boda... —argumentó. —Aún así lo tendré en cuenta.
—¿De verdad cree que John se puede poner así por una boda? —preguntó ofendida.
—Señorita, créame, a los hombres les agobia mucho estos temas—comentó con sorna.
—No a John —replicó la chica, poniéndose en pie y caminando hacia la ventana. La impotencia que sentía iba a estallar de alguna manera y no quería perder los modales frente a la única esperanza con la que contaban.
—Discúlpela, como comprenderá, está muy afectada— murmuró el Alcalde. Aún así, Irene le pudo oír. —Y sobre la discreción de la que hablamos ayer, procure que esto quede en el máximo secreto posible. Si afectara de alguna forma a... —La chica dejó de prestar atención en aquel momento. Los asuntos de política no le interesaban ni un ápice, de forma que sólo pudo posar su mano sobre el cristal de la ventana, empapado de frías gotas de lluvia que impactaban con fuerza desmedida.

Su corazón estaba desconsolado. Sus impresiones la llevaban a pensar que ni un sólo policía iba a ser capaz de encontrar a John si no le daban la importancia que ella le daba a su desaparición. Con decisión, agarró su bolso con fuerza. En su interior, aún estaba el revólver que su prometido le había dado y del que había decidido no hablar.

No quedaba otra. Estaban solas, el arma y ella.


Prólogo


Londres y niebla son dos conceptos que no eran desconocidos el uno del otro. Era común, sobre todo en las mañanas y las noches más frías, que el colosal manto de humedad cubriera las calles y las bañase de un rocío siniestro y escalofriante. Para John Campbell, hijo del actual alcalde londinense y futuro aspirante a ocupar el puesto, era bastante placentero, incluso. Le gustaba deambular por las calles sombrías de su ciudad natal observándolo todo bajo el manto blanco de la niebla mientras ésta ocultaba con sus brazos mortecinos la decadencia de los lugares más oscuros del lugar, así como en ocasiones hasta enmascaraba el hedor de podredumbre, orina y deposiciones que llegaban a destrozar las esquinas más aquejadas por los pobres y enfermos.

Sin embargo aquella noche era diferente. Arreciaba una temible tormenta y llovía con una fuerza que pocas veces había podido presenciar. Él estaba nervioso y debía salir del hogar a ocuparse de un asunto de vital importancia mientras que su prometida se preparaba para volver a su propio hogar después de haber pasado un largo y tedioso día, al menos para John, hablando de preparativos de boda para el mes siguiente.
-Ya estoy lista- dijo la chica, ajustándose el abrigo. Lo encontró asomado a la ventana de la habitación, con una copa de whiskey en la mano ¿Desde cuando bebía John whiskey de noche y en soledad? Además, la mano parecía temblarle ligeramente.
-De acuerdo, querida- asintió sin mirarla, de espaldas a ella -Diré a Fred que te lleve en seguida-
-¿No... me llevas?- se extrañó la chica.
-Me temo que tengo cosas que hacer- la miró con una sonrisa apagada. Pretendía fingir pena, pero que tuviese la frente ligeramente húmeda de sudor en aquella noche tan fría no presagiaba nada bueno.
-¿A estas horas? John... está cayendo el diluvio- se acercó la chica a su prometido -¿Estás bien?- le acarició el brazo. Lo tenía rígido, tenso.
-Perfectamente- mintió dando un trago y apartando los ojos de los de su futura mujer. Ella siguió su mirada y de nuevo, se encontró con la ventana. Era casi mágico que pese a la enorme tormenta, la niebla de aquella noche no se disipaba. Parecía cosa de brujería.
-No me mientes ¿verdad?- quiso saber ella.
-¿Yo cuando miento?- trató de restarle importancia John.
-Constantemente- suspiró ella -Eres político-
-No me vengas con esas- con un leve gesto de indiferencia, apartó el brazo de la mano de la chica -Vamos, se te hará muy tarde- Irene, la chica, asintió sabiendo que poco o nada más podía hacer para sonsacarle lo que fuera que le preocupaba, de modo que empezó a caminar hacia la puerta, seguida de John, para buscar a Fred, el hombre del servicio -Espera- pero entonces, interrumpió el propio John. Irene se giró para ver al hombre abriendo un cajón en la cómoda y extrayendo de ella un bulto envuelto en un trapo bastante viejo y poco llamativo, algo extraño en él, pues era bastante adinerado y opulento en ocasiones -Ten. Y no quiero que hagas preguntas-
-¿Qué es?-
-¿Qué te acabo de decir? Sin preguntas- John pretendía que lo guardara en el bolso, pero ella hizo caso omiso y destapó el bulto para encontrar un revólver de cañón corto refugiado en el trapo
-¡Por el amor de...!- John se apresuró a cerrarle la boca de forma brusca, tapándosela con la mano y oprimiéndola contra la pared. Por un instante la miró como un vagabundo borracho y desquiciado, con los ojos casi salidos de las cuencas.
-¡Cállate, mujer!- ordenó en baja voz -Ni se te ocurra hacer un comentario ¿Estamos?- durante un instante Irene no supo cómo reaccionar, pero viendo que ella estaba en sus cabales y él no, decidió asentir. Al hacerlo, John la soltó -Lo... lo siento- se llevó la mano a los cabellos y se los peinó hacia atrás.
-¿Qué ocurre? ¿Qué me estás ocultando? ¿Para qué quiero esto?-
-Son tiempos peligrosos-
-¿Ah, sí?- entornó la chica la mirada, con tono sarcástico -Cualquiera lo diría-
-Irene, por favor...- John se frotó los ojos con las manos, nervioso -Confía en mí-
-Dice el hombre de la mirada perdida, el alcohol en la sangre y la pistola en la cómoda-
-Deja de juzgarme sin conocer la situación. Si fueras yo, harías lo mismo-
-Pues explícamelo para poder comprenderlo- inquirió -John... nos casamos dentro de un mes y desde hace tiempo estás extraño. Te veo cada vez más nervioso, apático y distante. Y ahora me vienes con esto- alzó el trapo hasta sus ojos -¿De qué tienes miedo?- John frunció los labios. Se le secaban y se los humedecía constantemente. Parecía que estaba a punto de hablar, pero finalmente recobró la compostura, la agarró de los hombros y la acompañó hasta la planta inferior.
-Es hora de que vuelvas a casa. Guarda bien eso pero tenlo siempre a mano- fue lo único que le dijo antes de encargarle a Fred que la llevara hasta su casa. Luego no volvió a mirarla, ni se despidió siquiera con un beso. Se fue por su parte a ocuparse de lo que debía ocuparse. Para Irene aquello no era sino la peor señal posible, que confirmaba sus peores temores de que había algún peligro grave que acechaba a John. Esperaba estar equivocada.

Por otro lado, John echó a caminar a esas mismas altas horas de la noche, sin paraguas ni más abrigo que una gabardina larga marrón, bajo la inclemente tormenta. Los relámpagos se dejaban ver incluso a través de la espesa niebla. Para el hombre no era más que un mal presagio. En sus brazos llevaba una enorme bolsa de cuero abultada con una gran suma de dinero que protegía como si fuera un bebé. El bombín que llevaba en la cabeza amenazaba con salirle volando ante el viento y la lluvia, pero ni por esas soltaba una mano de la bolsa. Su vida estaba en juego y seguramente la de Irene tambiém, quizá hasta la de su padre. No, ¡Sabía Dios hasta la vida de quién estaba en juego! Se había metido en un mundo oscuro, más oscuro de lo que imaginaba. Creía que solo era apuestas, prostitución, alcohol y drogas, sobre todo drogas, pero...

Finalmente y contra todo pronóstico personal, llegó bajo uno de los puentes donde otras tantas veces se había citado con su contacto criminal, esperando que éste apareciera para cobrarse el dinero y lo dejara por fin marchar. Seguramente, tras entregar semejante suma de libras, su carrera política estaría prácticamente acabada al no poder financiar prácticamente ningún movimiento a su favor y posiblemente por ser acusado de robar dicho dinero para sí mismo. De hecho, su propio padre acabaría cayendo de la alcaldía acusado de formar parte de dicho robo, pero al menos salvarían la vida. La respuesta a esa duda afortunadamente no tardó en llegar cuando de entre la espesa niebla apareció un vehículo Ford con las luces apagadas, que se detuvo lentamente frente a él. La puerta se abrió dejando ver en su interior nada más que oscuridad y tiniebla -Traigo el dinero. Está todo aquí. Todo lo que os debía- masculló con la garganta cerrada.
-Hola John- saludó desde dentro la conocida voz de Maximillian, el cabecilla de los Dragul, una misteriosa organización que había aparecido en Londres no hacía mucho y que parecía tener contactos en todas partes. Lo sabían todo, lo manejaban todo... y sin embargo nadie a quien John preguntara parecía saber de ellos. Había otras mafias ya reconocidas y sitiadas por Londres, pero nada de los Dragul. Pero eran reales, a fin de cuentas ahí estaba Maximillian, frente a él, en la oscuridad. Una oscuridad que dicho sea de paso, era antinatural. La luz de la calle, aunque tenue, debería iluminarle, pero no. Era una completa cámara oscura hasta con la puerta abierta.
-El dinero- insistió John -Tómalo y demos estos tratos por cerrados ¿Sí?-
-Entra- dijo Maximillian, sin más-
-Por favor...-
-Entra- insistió
-Pero el dinero...-
-Entra- dijo una última vez y esta vez sin tono. Maximillian no es que fuese un hombre amable cuando había tratado con él, pero siempre tenía un carácter definido. Aquella última invitación carecía de toda emoción. Fue una voz ronca, seca, apagada, como si estuviese hablando con un cadáver. La sangre de John se heló por momentos, pero se recompuso lo suficiente para obedecer. Entró en el vehículo y la puerta se cerró sola a sus espaldas. Sus ojos solo vieron oscuridad.

No contaría más de unos segundos cuando unas luces comenzaron a iluminar la estancia del vehículo. Eran velas ¿Pero cuán distantes? ¡La estancia era enorme! Y frente a él había una mesa de mármol negro con vetas blancas, hermosa y brillante. Las velas cada vez iluminaban más y se multiplicaban ¿Estaba soñando? Se había montado en un coche ¿Cómo podía estar en una especie de despacho exquisitamente decorado?
-John- la voz de Maximillian le sobresaltó a sus espaldas -Puedes soltar la bolsa- invitó. John obedeció cual marioneta. La bolsa golpeó violentamente el suelo.
-¿Qué... qué está pasando...?- preguntó aterrado -¿Estoy muerto? ¿Es esto un maldito sueño?-
-Oh... No es un sueño- una voz cruel y demacrada le habló desde el otro lado de la mesa, envuelto en oscuridad. Una voz que solo había oido antes, cuando Maximillian le invitó a entrar por tercera vez en el coche.
-¿Quién es?- preguntó a Maximillian, pero ya no estaba presente.
-Es hora de que tú y yo tengamos una charla, John Campbell- una mano blanca y anciana de uñas largas y afiladas asomó de entre las sombras por encima de la mesa -Ven-
-¡Pero he traido el dinero para la deuda!- exclamó asustado -¿No os basta? ¿Qué queréis? ¿Matarme?
-Ya estás muerto, John- dijo divertida aquella voz tras una pausa silenciosa. Lo último que pudo ver John antes de que su mundo se sumiera en tinieblas fueron los brillantes y maliciosos ojos de aquel hombre asomando en la penumbra.

John no regresó aquella noche, ni las siguientes.