miércoles, 22 de enero de 2020

De no haber tenido las manos enguantadas, se hubiese estado mordiendo las uñas hasta que su piel sangrara tras un mordisco desafortunado sobre la yema de los dedos, fruto del traqueteo constante del vehículo en el que viajaba.
A su lado, Allan Campbell, actual Alcalde de Londres, no presentaba mejor aspecto. Sus manos temblaban y se enredaban al rededor de un pañuelo de un blanco impoluto, que nada más subir al coche había extraído del bolsillo de su chaqueta. Miraba a través de la ventanilla, sin dejar la vista en algún punto concreto de la ciudad, mientras murmuraba palabras en un tono tan bajo de voz que para Irene fue imposible entenderlas; y sin embargo, juraría que podía adivinarlas. Su lamento podía llegar a ser tan grande como el de ella, así como la desolación e impotencia que inundaban sus corazones. Debía estar pensando en lo mismo, suplicando lo mismo a los cielos. No cabía otra alternativa.

El vehículo se detuvo a las puertas de la comisaría, de forma que, cuando Allan bajó, apenas tuvo que dar dos pasos bien distantes para alcanzar la puerta y desaparecer del alcance de miradas indiscretas. Las cortas piernas de Irene, sin embargo, la obligaron a abrir el paraguas antes de seguir los pasos de su futuro suegro hasta el interior del edificio.
Una vez dentro, las miradas se centraron en el alcalde. No solo los policías, con sus oscuros uniformes, se detuvieron ante la escena que iban a presenciar, también los ciudadanos que buscaban del servicio del cuerpo agudizaron sus sentidos para entender qué ocurría. Irene lo observó todo desde atrás, cómo la gente comenzaba a cuchichear, cómo los policías se miraban entre ellos sin entender qué hacía allí el alcalde. Al fondo de la estancia, un par de puertas de madera oscura se abrieron con total discreción, siendo cruzadas por el inspector de policía. Fue el único que mantuvo el semblante serio mientras el silencio reinó entre los presentes, así como también, el único en estrechar la mano de Allan e invitarle a pasar al despacho. Él ya sabía lo que ocurría.

El despacho del inspector O'Sullivan era modesto, acogedor e increíblemente oscuro. Los muebles, de madera de caoba, daban un aspecto serio y profesional al lugar. Al contrario, los múltiples papeles que había al rededor de su mesa, así como el considerable número de vasos de cristal sucios que había sobre una mesa auxiliar al lado de la única ventana a la derecha, dejaban ver que aquel lugar mantenía su pequeño caos. — Señor O'Sullivan, señorita Miller, por favor, tomen asiento— rogó el inspector mientras rodeaba la mesa. — Confieso que el caso de John me quita el sueño. Desde que recibí ayer la noticia, he estado investigando el caso de primera mano.
— Eso significa que no hay novedades ¿No es así? —preguntó Allan con deje triste y desesperado en la voz. Acariciaba sus muslos de forma frenética con la palma de sus manos, incapaz de contener sus nervios.
— Así es— admitió el inspector.
— Pero... eso no puede ser, las personas no pueden desaparecer así como así, sin dejar rastro. Menos aún mi propio hijo. Es un hombre inteligente y avispado —se excusó.
— Permítame decirle que las cualidades de su hijo no tienen nada que ver. ¿Ve esto? —. La mano de O'Sullivan se paseó sobre un montón de papeles y recortes de periódicos que tenía sobre la mesa. Había escritos, noticias y fotografías de todo tipo. — Son más desapariciones. Más casos de personas, más jóvenes o más mayores que John, desaparecidas durante todos estos meses atrás.
— Entonces, estamos hablando de algo que va más allá ¿No es así? —preguntó Irene. Inspector y Alcalde la observaron algo impresionados, como si no esperasen que una chica aparentemente silenciosa y vestida de negro pudiese llegar a cuestionar a un alto cargo de la policía de Londres.
—Podría ser... o no —respondió.
—¿A qué se refiere? —preguntó Allan inquieto.
—Como la señorita Miller especula, la ciudad está sumida en un enorme problema de desapariciones constantes, que no dejan rastro ni huella visible. Sin embargo, el caso de su hijo, puede ser distinto. Al ser el hijo del Alcalde puede generar ciertos intereses en todo grupo de bandas criminales. Secuestrar a su hijo puede ser un negocio redondo para quien busque dinero fácil y rápido ¿Comprende? —preguntó con paciencia —Lo que quiero decir es que no podemos afirmar a la ligera que el caso de su hijo pueda estar englobado con el resto.
—¿Y qué mas daría? Es una desaparición, y sea cual sea el motivo, debe tratarse igual —replicó la mujer.
—Señorita Miller, como ya he dicho, este caso me quita el sueño. Créame cuando le digo que estoy totalmente implicado en la búsqueda de John. Los efectivos de mayor confianza ya están tratando muy de cerca la situación y estoy seguro de que pronto tendremos noticias favorables —aseguró con deje intranquilo.
—Así que ya está ¿No? John ha desaparecido y no hay nada más que hacer. ¿Hemos venido para nada?
—Irene... —murmuró Allan. Normalmente, era un hombre serio y firme, capaz de mandar a callar a cualquiera con una mirada severa. Pero aquel día estaba destrozado y su voz, rota.
—No, no, señor. Déjela hablar. Es comprensible su frustración, sobre todo cuando, tengo entendido, la boda se celebra en cuestión de semanas.
—Así es —asintió la chica. —Así que espero que encuentren a mi prometido antes de que llegue esa fecha. Londres es muy grande, pero se suponía que la policía era excelente —gruñó. —Hace ya cuatro días que desapareció y todavía no he visto a uno solo de sus hombres ir a su habitación y registrar sus cosas hasta dar con alguna pista. ¿Qué es lo que hacen? ¿Ir de dos en dos a dar una vuelta por las calles y punto? Esperaba más. Mucho más.
—Las calles son peligrosas y hay más casos que requieren de nuestra atención. Desearía poder tener a hombres en todas partes, en cada esquina, para que impidieran que todas estas desapariciones se efectuasen —señaló al montón de papeles —pero, después de la guerra, la cosa sigue un poco... complicada —. Irene tuvo que callar, puesto que sabía que si montaba en cólera, la tomarían por una prometida histérica y la sacarían de allí sin pedir permiso. —De todas formas, no les he hecho venir hasta aquí para nada. Quería que me hablasen de John, de primera mano. Quiero saber si antes de su desaparición ha estado comportándose de forma extraña o haciendo algo fuera de lo común.
—No, no. Nada de eso. —se apresuró Allan a contestar. —Lo dije antes, mi hijo es ejemplar. Se pasa los días estudiando y trabajando conmigo. Sus ratos libres los pasa con su prometida. ¿Qué podría salirse fuera de lo común en eso?
—Cualquier detalle. Cualquier ínfimo recuerdo de algo que no les encajase podría transformarse en una pista crucial —insistió el inspector, entrelazando los dedos sobre la mesa. —¿Señorita Miller? —. Cuando preguntó su opinión, Irene se sobresaltó. Durante unos segundos había estado recordando, viajando unos días atrás y reviviendo todas las conversaciones con John. Por supuesto, ella tenía una visión distinta a la de su padre.
—Se comportaba de forma extraña —admitió. El Alcalde suspiró. Ya ambos habían mantenido una conversación antes sobre ello, y Allan se mostraba escéptico. —Sólo durante el último mes, nada más —se corrigió. —Trabajaba más de la cuenta, en horas en las que nunca solía trabajar. Bebía más de lo normal, también. Estaba nervioso y supongo que quería aplacar esos nervios con alcohol y tabaco.
—¿Y sabe por qué estaba nervioso? — La mujer negó con la cabeza.
—Decía que era trabajo, pero nunca le había visto así.
—Bueno, no nos alarmemos. Puede que esa ansiedad sea por motivos ajenos a los que nos atañen. La responsabilidad del cargo que quiere ocupar, la presión de la boda... —argumentó. —Aún así lo tendré en cuenta.
—¿De verdad cree que John se puede poner así por una boda? —preguntó ofendida.
—Señorita, créame, a los hombres les agobia mucho estos temas—comentó con sorna.
—No a John —replicó la chica, poniéndose en pie y caminando hacia la ventana. La impotencia que sentía iba a estallar de alguna manera y no quería perder los modales frente a la única esperanza con la que contaban.
—Discúlpela, como comprenderá, está muy afectada— murmuró el Alcalde. Aún así, Irene le pudo oír. —Y sobre la discreción de la que hablamos ayer, procure que esto quede en el máximo secreto posible. Si afectara de alguna forma a... —La chica dejó de prestar atención en aquel momento. Los asuntos de política no le interesaban ni un ápice, de forma que sólo pudo posar su mano sobre el cristal de la ventana, empapado de frías gotas de lluvia que impactaban con fuerza desmedida.

Su corazón estaba desconsolado. Sus impresiones la llevaban a pensar que ni un sólo policía iba a ser capaz de encontrar a John si no le daban la importancia que ella le daba a su desaparición. Con decisión, agarró su bolso con fuerza. En su interior, aún estaba el revólver que su prometido le había dado y del que había decidido no hablar.

No quedaba otra. Estaban solas, el arma y ella.


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