-Así que la situación es la siguiente- el tiempo había pasado y por fin, Allan y el inspector O'Sullivan dejaron de tratar temas políticos, dires y diretes y demás tejemanejes para que la opinión pública y la prensa no acabara devastando la carrera del Alcalde y la futura carrera de su hijo, cuando apareciese de vuelta -Usted y la señorita Miller deben confiarnos a nosotros, la policía, la resolución del caso. Aunque pueda parecer que no, vista la reacción de la señorita, puedo asegurarles que hago todo cuanto está en mi mano para mover las piezas necesarias y ordenarlas en el orden correcto para cerrar este caso de inmediato- Allan e Irene suspiraron casi a la vez al oír las manidas palabras del inspector.
-Supongo que no podemos hacer otra cosa que confiar en usted y dejarle trabajar-
-Me temo que así es, señor- el inspector se dejó caer sobre su mesa y cruzó las manos sobre su regazo, frunciendo los labios como quien le dice a un niño que no debe comer más caramelos. Esa expresión irritó a la chica.
-¿Realmente no hay nada que podamos hacer para agilizar las cosas?- preguntó ella apartándose de la ventana y apretando el bolso.
-Absolutamente nada. De hecho, si os metéis por medio, solo vais a dificultarnos las cosas. Podríais, sin querer, crear incluso pistas falsas- explicó con una convicción dudosa. Irene miró a Allan y luego al inspector, para finalmente devolver la mirada a Allan de nuevo. El Alcalde miraba al inspector con cierta inquietud -Sé que estáis preocupados, pero por favor... Dejadnos el asunto a nosotros-
-Está bien, está bien. No hay más que hablar- Allan se puso en pie -Irene, será mejor que nos marchemos. Fred te llevará de vuelta a casa- hizo un gesto con el brazo invitándola a salir del despacho del inspector.
-No se preocupen. Como ya dije, este caso me quita el sueño- insistió mirando a Irene acercarse a la puerta -Y no descansaré hasta resolverlo-
-Confío en que sea tan hábil trabajando como disimulando entonces las ojeras, inspector- acuñó la chica antes de salir por la puerta, dejando a Allan helado ante la irritada mirada del inspector.
Cuando regresaron al vehículo, Allan no dejaba de frotarse los muslos. Parecía que las manos le sudaban a mares y no sabía dónde enclavar la mirada para dirigirse a Irene -¿Es que te has vuelto loca? ¿A qué viene ese arrebato?-
-Al menos podría ser sincero- se excusó la chica mirando sin miramientos a su futuro suegro -¿Cuántas veces tiene que repetir que no descansará sobre el caso para intentar que nos lo creamos? Su incesante retaila no hace otra cosa mas que hacerme creer que nos toma por estúpidos-
-Te pierde la lengua jovencita- gruñó Allan -Esa actitud no te va, no te pega. Y creeme que no te llevará a ningún sitio-
-Pues aquí estoy- concluyó con mirada afilada. Allan era demasiado bueno y ella lo sabía, demasiado bobo, lo cual hacía increible que fuese el alcalde. No obstante sabía que había límites que no debía cruzar ni siquiera con él. El problema, de todas formas, radicaba en eso. Hasta ella era capaz de darse cuenta de que el inspector le estaba dando largas por alguna razón, y no era difícil debido a la actitud de Allan y a la enorme preocupación que tenía, no solo por su hijo, sino por el cargo y el futuro de su carrera política -Discúlpame- dijo finalmente la chica -Yo... Solo estoy preocupada y asustada. No quiero que pase un día más sin saber qué ha ocurrido-
-Lo sé, querida- la mano distraida de Allan fue a parar sobre la rodilla de la chica, la cual disparó una veloz mirada hacia el gesto del hombre -Todos estamos consternados-
-¿Podemos ir a casa de John un momento?- preguntó aún mirando la mano de Allan petrificada sobre su rodilla.
-¿A la casa de mi hijo? Pero...-
-Solo será un segundo. Tengo que recoger algo que me dejé el otro día- con un leve movimiento de la pierna, se quitó la mano de Allan de encima.
-Pero O'Sullivan nos ha dicho que debemos alejarnos del caso para no entorpecer...-
-Será solo un segundo, por favor- pidió con paciencia, suspirando.
Irene no necesitó ser demasiado persuasiva para que Allan accediera, de modo que en un abrir y cerrar de ojos allí estaban, entrando de nuevo por las puertas de la casa. De un tiempo a otro, la casa parecía ser desconocida. El servicio no estaba, ni tampoco John. No quedaba apenas el olor típico de su presencia y aquello enrareció enormemente el ambiente -Por favor, no tardes-
-No, claro. Vengo enseguida- la chica corrió escaleras arriba y entró en la habitación de John, cerrando la puerta a sus espaldas. Tenía un escaso pero preciado tiempo en el que poder buscar algo, lo que fuera, que pudiera otorgarle algún tipo de pista que la torpe y esquiva policía pudiera haber pasado por alto. Ella le conocía mejor que cualquier otra persona, solo debía pensar...
Rauda como un rayo se internó en los cajones y armarios, buscó en cada pantalón, chaqueta y camisa. Inspeccionó la mesita de noche e incluso se atrevió a levantar ligeramente el colchón en busca de algo. Lo peor de todo era ni siquiera saber qué estaba buscando exactamente, pero le valdría hasta un pelo, aunque no fuese ni de él... o de ella. Al menos podría llegar a imaginar que estaba con otra de viaje y no despedazado en alguna colina lejana. Finalmente, la busqueda no dio ningún resultado satisfactorio y se quedaba sin tiempo. Ya había creido oír la voz de Allan llamándola para que se diera prisa cuando lo vio ahí, quieto y despampanante, preparado para el día: el traje de bodas ¿Sería posible? ¿Estar donde menos debiera haber una pista? Quizá era lo obvio si lo veía de ese modo. Nerviosa y con la mano temblorosa acarició las mangas, los hombros, la botonera... y finalmente los bolsillos. Nada en el izquierdo, nada en el derecho pero... sí en el bolsillo interior. Extrajo un pequeño paquetito envuelto en un viejo papel que ya estaba amarillento y muy arrugado. Al tacto, parecía estar lleno de arenilla o una sustancia similar. Al abrirlo pensó que era talco pero... no podía ser talco. Aquello, tan escondido y con tan mala pinta... Pensó en olerlo, pero si era lo que creía, más le valía no aspirarlo -¡Irene!- llamó de nuevo Allan. La chica se guardó el paquetito en el bolso y corrió escaleras abajo para no impacientar más a su futuro suegro.
De vuelta en el vehículo, la chica observaba las calles con la mente envuelta en mil posibilidades e historias. Aquello no hacía más que confirmar lo que tanto temía, a fin de cuentas: que John había dado con los huesos con gente a la que no debía de acercarse jamás. Sin duda, él podía ser tan culpable como esa gente ¿¡A quién se le ocurre, siendo el hijo del alcalde y el futuro postulante?! En cualquier caso, aún podía haber explicación. Quizá estaba sufriendo una extorsión o algún otro tipo de amenaza por lo que se viera obligado. John no era así, ella le conocía. Debía de haber una explicación... -Pronto llegaremos a casa. Ha sido un día difícil de carga emocional- suspiraba Allan.
-Yo creo que no voy a casa-
-¿Pero qué dices ahora, mujer?- el alcalde empezaba a impacientarse con la futura esposa de su hijo -Ya está bien de aventuras y de desafíos, Irene- la chica abrió el bolso y extrajo el revólver que John le entregó. Lo alzó muy ligeramente para que Allan lo viera -Dios bendito ¿Es que te has vuelto loca?-
-No es para ti- se apresuró a aclarar ella -Si me escucharas, nos ahorrariamos un numerito. Baja la voz-
-¿Qué demonios haces tú con un arma, niña? Dame eso- la apremió mirando por las ventanillas y asegurándose que nadie los mirara de más.
-Me la dio John- explicó ella para sorpresa de Allan, que la miraba extrañado -Me la dio la misma noche que desapareció, Allan- ambos se miraron largo rato
-¿Por qué mi hijo...?- Irene se apresuró a guardar la pistola en el fondo del bolso para después extraer el paquetito y ponérselo en la mano al alcalde -¿Y esto?-
-Lo que la policía no parece saber encontrar porque deben de estar muy ocupados durmiendo cuando dicen no hacerlo- contestó airada. Allan desenvolvió ligeramente el paquete para ver horrorizado el contenido.
-No puede ser... ¿Dónde estaba esto?-
-En el bolsillo interior de la chaqueta de su traje de boda- explicó apenada -Bien escondido-
-Maldición...- la voz de Allan se quebró. Enrolló el paquete y se llevó una mano a la cara, consternado -¿Dónde se ha metido este chico...?-
-Allan, John nunca ha mostrado síntomas de estar... drogado- dijo por fin -Nervioso, sí. Asustado, pero no drogado. Todo ello me lleva a pensar en que está siendo extorsionado o amenazado, coaccionado-
-¿Por quién?- ante la estúpida pregunta de Allan, Irene alzó las cejas y lo miró con seriedad.
-No hace falta ser alcalde o inspector de policía para saber que prácticamente toda inglaterra se está viendo afectada por diversos grupos criminales-
-Dios...- se lamentó el hombre -Yo... Esto es peor de lo que podía esperar. Si esto se descubre...-
-Allan...- Irene suspiró -Yo me ocuparé-
-¿Qué quieres decir?-
-Que yo moveré ficha hasta que la policía se decida a actuar como es debido. Todo esto no tiene sentido... y quizá pueda escuchar algo que nos sirva de pista-
-¿Qué pretendes hacer?- la miraba sorprendido. Para ser mujer, tenía agallas, pero no la creía tan idiota de ponerse en peligro de esa manera.
-Me pasaré por uno de esos barrios... y pondré la oreja-
-Eso solo servirá para que esa jauría de perros sarnosos te violen hasta la saciedad y te abran en canal. Mírate, Irene, no tienes ni la más mínima pinta de ser de esos lares. Te despellejarán y te quitarán todo cuanto tienes-
-Lo mismo ha podido pasarle a John- contraatacó ella -Y no parece preocuparte tanto-
-Eso...- el alcalde la miró con severidad.
-M-mil perdones... Lo siento- la chica se pasó rápidamente una mano por el rostro para tratar de que no se le escapara lágrima alguna -Estoy asustada y siento que algo tengo que hacer- ante las palabras de Irene, Allan suspiró pesadamente.
-¿Puedo convencerte de lo contrario?- preguntó sin esperanza. Lo veía claro en los ojos de la chica y en su actitud. Empezaba a conocerla lo suficiente, tras este tiempo.
-No, me temo que no- carraspeó para aclarar su garganta, sin mirar a Allan a los ojos.
-Entonces llévate ese revólver y tenlo siempre a mano. Te quiero de vuelta antes del anochecer- dijo perdiendo ese tono afable que tenía constantemente. Ahora le hablaba un alcalde determinado, no el padre de su futuro marido -Eres importante para mi hijo, así que si algo te pasa por esta misión suicida que parece que te has impuesto como si fueras la mejor detective del mundo, será culpa mía. Si tengo que cargar con algún cadáver será con el suyo. No llevaré el eterno estigma de tu pérdida en mi piel. Si mi hijo no regresa entre los vivos, su mirada furiosa no me perseguirá desde la muerte ¿Entendido? Si cae la noche y no vuelves diré que me has amenazado con ese revólver y que has intentado drogarme con esto- alzó el paquetito ligeramente -Te destruiré la vida antes de que tú destruyas la mía, si sale a la luz todo esto. Perderás toda credibilidad y si mi hijo aparece, te despedirás de él para siempre- Irene tragó saliva... y asintió -Tienes hasta el ocaso, niña- cuando el coche se detuvo cerca de la vivienda de Irene, ésta bajó por fin -Vuelve sana y salva, por favor. No arriesgues más de lo que ya estás haciendo- suplicó antes de que el coche se pusiera de nuevo en marcha. Ahora estaba sola.
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